Golfo de Cariaco – Laguna Grande

Tras pasar unos días en la isla de Margarita y la isla de Coche, decidimos partir de madrugada para entrar en el Golfo de Cariaco, ya en tierra firme venezolana. Este golfo esté repleto de historia, ya que fue aquí donde los conquistadores españoles encontraron extensas minas de sal. Queriendo proteger el golfo de las invasiones de holandeses e ingleses, construyeron un amurallado castillo, que sigue en pie hoy en día.
Al entrar en el golfo empiezan a soplar 20 nudos de proa, y tardamos tres largas horas en llegar a la bahía de la que todo el mundo nos ha hablado, Laguna Grande. El esfuerzo vale la pena: nos adentramos en una enorme bahía completamente salvaje, el paisaje es desértico, múltiples montañas desprovistas de vegetación nos rodean, mostrando un abanico de colores, desde el rojo más intenso pasando por dorados ocres hasta marrones tostados.

Fondeamos al fondo de la gran laguna, estamos solos, rodeados de la más silenciosa naturaleza.


Con el dinghi investigamos la zona, que al ponerse el viento se convierte en un gran lago habitado por garzas blancas, pelícanos, cormoranes y cientos de fragatas (además de las innumerables de moscas que acechan nuestro barco 😉

Conocemos a la gran familia de pescadores que vive en un extremo de la laguna. Beatriz y El Negro son gente sencilla y amable, que nos invitan al día siguiente a pescar camarón. Cargamos sus redes en nuestro dinghi y junto a sus dos adolescentes hijos nos ponemos manos a la obra. El camarón vive en el más profundo barro, así que tiramos la red en una de las playas, y recuperándola lentamente barriendo al mismo tiempo el fondo vamos extrayendo el camarón. Tres veces repetimos el mismo proceso. Acabamos enfangados de arriba abajo, pero sacamos un buen cubo lleno de cangrejos, algún

que otro pescado y los anhelados camarones. Luego El Negro y sus hijos se tiran al agua y bucean, saliendo a la superficie con manos llenas de vieiras y de caracolas.


Es la hora de saborear la pesca del día, y nos invitan a una paella venezolana a base de todos los frutos del mar recién pescados. Mientras se hace la paella, Beatriz nos enseña a hacer arepas. Amasamos y freímos estas tortas de maíz consideradas la base de la comida venezolana. De nuevo nos queda demostrada la ilimitada hospitalidad de los venezolanos.

A la mañana siguiente Luis, el hijo menor y especialista en matar lagartijas – nos acompaña a la cima de la colina que rodea la laguna. Aprovechamos las cañadas para subir hasta el pico; la tierra es tan roja que tiñe nuestros zapatos. Las vistas son espectaculares, abajo en el fondo de la bahía nuestro barco. Continuamos caminando por la ladera, nos rodea una belleza muy singular.


Luis se equivoca de camino en la bajada y acabamos rodeados de espesos cactus multiformes. Conseguimos salir de allí sin sufrir daño alguno. De nuevo tenemos la sensación de que aquí podríamos quedarnos una eternidad!!

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