Las islas de Cabo Verde

El archipiélago de Cabo Verde se encuentra a 800 millas al sudoeste de las Islas Canarias y a 325 millas de la costa africana. Está compuesto de 14 islas, las de Barlovento y Sotavento, 8 de ellas habitadas. Nosotros solamente tendremos tiempo de visitar las de Barlovento. Todas ellas son de origen volcánico y casi todas son montañosas. Son islas pobres, sobre todo por la falta de agua, la deforestación y los largos períodos de sequía. Muchos caboverdianos viven de la pesca, que les proporciona las proteínas necesarias, pero el 90% de los alimentos han de ser importados.

Durante varios siglos los conquistadores portugueses colonizaron estas islas, y de la relación entre las esclavas africanas y los colonos nacieron los mulatos filhos da terra, que fueron la semilla de una nueva sociedad criolla: la caboverdiana. Se percibe la fusión entre dos civilizaciones, la europea y la africana, que se encontraron en las islas en el siglo XV. Los caboverdianos son hospitalarios y tranquilos, la morabeza (amabilidad y hospitalidad) es la cualidad que más prende de este pueblo acostumbrado a compartir lo poco que tienen.

Nosotros intentamos hacer la entrada oficial al país en Boavista – nuestra guía náutica marca esta isla como nuevo puerto de entrada – pero parece ser que esta información es errónea, y nos vemos obligados a volver a subir hasta la isla de Sal, 35 millas más al norte. Fondeamos en la bahía de Palmeira, un pequeño puerto de pescadores, donde nos quedamos una semana. Nuestra tripulación, primero Deniz y un par de días más tarde Quim, abandonan el barco para volver a casa. Quim nos ayuda antes a bajar el génova enrollado roto en la travesía, que se lleva a Barcelona para que allí nos puedan hacer uno nuevo.

La isla de Sal es la más plana y árida del archipiélago, parece un pedazo de desierto en el océano. Tiene un especial atractivo para el turismo gracias a sus largas playas blancas en el sur, en Santa María, y por ser un sitio idóneo para la práctica del surf y kyte. Allí nos dirigimos sentados en un aluguer – el servicio de transporte de estas islas – recorriendo desierto y tierras yermas.

Nos da la sensación de estar en un escenario de una película del Far West porque en esta época del año soplan constantemente 20 nudos y el ambiente se llena de polvo y arena. Mischief queda en pocos días cubierto por esta espesa capa de arena, y tanto cabos como la cubierta se tiñen de marrón. Imposible limpiar tanto polvo. Aparte de las zonas turísticas, la isla nos parece inhóspita y poco interesante.

Así que zarpamos un anochecer rumbo a Sâo Nicolau, unas 90 millas rumbo al oeste. La ola atlántica que mece al Mischief por el través transporta a Gina a un sueño profundo, mientras Jordi y yo nos turnamos en las guardias. A la mañana siguiente aparece frente a nosotros el relieve montañoso de Sao Nicolau. Bordeamos una costa de acantilados y montes escarpados, que contrastan con el intenso azul del mar. No hay vida en esta costa, completamente salvaje. Pero finalmente llegamos al pueblecito de Tarrafal, donde los 25 nudos de viento acanalado que bajan de las montañas nos hacen garrear el ancla, y acabamos poniendo una segunda ancla para estar más tranquilos. Tras un copioso desayuno – y una buena taza de café – bajamos al pueblo, nos gusta de inmediato el pequeño puerto de pescadores, tan poco acostumbrados a los extranjeros. Una pila de atunes recién pescados capta de inmediato nuestro interés: llevamos días intentando pescar sin suerte, y estamos ávidos de pescado fresco. Nos llevamos de vuelta al barco un atún de tres kilos, que acabaremos devorando cocinado al gengibre, al carpaccio, y com filete adobado en soja. ”Ho sento, Quim, no ha pogut ser abans. Al final l’hem tingut que comprar!!”

Al día siguiente cogemos en Tarrafel un aluguer hasta Ribeira Brava, capital que se encuentra en el centro de la isla. El viaje hasta allá resulta ser espectacular: una serpenteante carretera nos sube a cimas de montañas y nos baja a valles profundos, evocando un paisaje fantástico. Las vistas son impactantes. Vemos terrazas construidas en las laderas de las montañas que permiten el cultivo de diferentes productos de secano, como el maíz y el frijol. La carretera bordea la costa agreste salpicada de precipicios donde se estrellan las olas atlánticas. Y en medio del profundo valle aparece un pintoresco pueblo de estrechas callejuelas adoquinadas: Ribeira Brava. Tras un paseo por sus calles comemos en el restaurante de una encantadora señora que durante toda la comida se lleva a Gina de paseo, permitiéndonos a nosotros comer tranquilamente. Aquí la gente a menudo y con toda la naturalidad coge a Gina en brazos y se pueden pasar un buen rato jugando con ella, prácticamente obviando a los observantes padres. Gina y Jordi se duermen en el aluguer de vuelta a Tarrafal.

Nos queda una impresionante excursión por hacer: la subida al punto más alto de la isla, el Monte Gordo a 1304 metros de altitud. El camino asciende por la ladera de la montaña y va atravesando variados paisajes, pero sobre todo zonas boscosas con diversidad de flores, dragos, cactus y árboles de hoja perenne, eucaliptus, pinos y cipreses. La subida es más dura de lo que esperábamos, sobre todo con los 10 kilos de Gina colgados de la espalda. Nos cuesta un gran esfuerzo llegar a la cumbre, después de 2 horas de subida incesante. Agotados llegamos arriba, pero valen la pena las vistas. Estamos rodeados de mar y vemos a lo lejos la isla de Sao Vicente y Sao Antao. Dos plátanos para cada uno nos ayudan a recuperar fuerzas para el descenso.

Ha llegado el momento de continuar nuestra ruta, y la próxima parada nos apetece especialmente. Ponemos rumbo a Sao Vicente, 30 millas al oeste, para entrar en la gran bahía de Mindelo, la ciudad más cultural, cosmopolita y festiva de estas islas. Aquí pasaremos el próximo mes, aprendiendo portugués y conociendo algo más a fondo el país. Porto Grande será la última escala antes de iniciar el salto a Brasil.

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Un pensamiento en “Las islas de Cabo Verde

  1. Jeje altre cop una cronica fantastica, ara ja coneixem un altre raco de mon, aqui segur que no tenen ni idea de la famosa crisis!!
    fins aviat i no tardeu en tornar a escriure. Ah!!!!! i petonets a la Gina de part de tots

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