Santo Antao

Emerson Dias Figueiredo es profesor en la universidad de Mindelo y guía turístico. Es oriundo de Santo Antao, donde viven sus padres y sus 10 hermanos, varios de ellos emigrados al extranjero. Uno de sus hermanos mayores ejerce de cirujano ocular en Boston y una hermana de modelo en Luxemburgo, ejemplo claro de la emigración caboverdiana en todo el mundo.

Cada lunes, miércoles y viernes Emerson viene a bordo y nos enseña a falar portugués. Gina se ha acostumbrado a su grata compañía, y participa también activamente en las clases. Entre conversaciones y charlas, decidimos ir juntos a visitar la isla de Santo Antao, que se encuentra a una hora en ferry de Mindelo: vemos la segunda isla mas grande de Cabo Verde cada día desde nuestro barco. Así que el domingo a las 7h de la mañana nos reunimos con Emerson en la estación de ferrys con la intención de pasar dos días en la isla vecina, ya que no existen fondeos seguros en la isla.

Llegamos a Porto Novo donde decidimos alquilar un coche, y empezamos a ascender por la estrecha carretera atravesando una imponente cordillera que atraviesa la isla y se eleva a altitudes de hasta dos mil metros en algunos picos. En este lado de la isla el terreno es árido, desértico. Pero una vez llegamos a la Cova Cráter, un enorme cráter de volcán extinguido – que ahora está cubierto de cultivos – e ir despejándose lentamente la espesa niebla, aparece una abrumadora mutación de colores. Es como si nos hubiésemos desplazado a otro país. Aquí crecen pinos y abetos, frondosos bosques expuestos a los vientos húmedos que soplan en esta cara norte de la montaña.

La carretera discurre por el filo de la cordillera que separa las vertientes escarpadas de los valles de Ribeira da Torre y Ribeira Grande. Hay muy pocas carreteras en la isla, todas ellas adoquinadas y construidas abriendo brechas entre montañas y acantilados en los siglos XVI y XVII por los esclavos venidos de África.

Vamos descendiendo hacia la ciudad de Ribeira Grande pasando por tradicionales pueblecitos, nos paramos a menudo para saludar a los amables caboverdianos. Una familia nos permite entrar en su casa para ver como están moliendo el maíz. Sobre todo vienen a nuestro encuentro grupos de niños.

Desde aquí se contemplan los paisajes más bellos y la vegetación más frondosa, ya que en esta vertiente de la cordillera se cultivan verduras y hortalizas en terrazas construidas en las laderas escarpadas de los valles, formando un paisaje muy peculiar.

A pesar de encontrarnos en la época seca del año, todo está lleno de plantaciones de caña de azúcar, plátanos, papayas, cocoteros, árboles de pan y mangos.

En Ribeira Grande visitamos una amiga de Emerson, que posee una casa rodeada de tierras cultivadas. Nos deja probar una de sus exquisitas papayas.

Luego una espectacular carretera nos lleva bordeando acantilados y una agreste costa expuesta al oleaje atlántico hasta la ciudad de Paúl. Comemos en un pequeño y agradable restaurante, y bebemos nuestro primer ponche – el ron nacional llamado grogue al que se le añade miel de caña.

Emerson tiene que volver a San Vicente, y nosotros continuamos por la carretera hasta Punta do Sol, donde a causa de un accidente de avión cerraron la única pista de aterrizaje que había en la isla. Seguimos en coche por una estrecha carretera de curvas que recorre impresionantes acantilados hasta el pueblo más pintoresco de Santo Antao. Fontainhas parece un pueblo sacado de un cuento, colgado en la montaña es un mirador natural que ofrece espléndidas vistas sobre el valle que desciende hacia el mar.

Pero se está poniendo el sol, y nosotros hemos de llegar a Pedrecín Village en la Ribreira Grande, un hospedaje rodeado de puntiagudas y verdes montañas – que nos recuerdan a un típico paisaje asiático – donde nos ofrecen un interminable bufet de comida tradicional.

Tras un copioso desayuno visitamos al día siguiente la Ribeira de Paúl. La carretera se adentra por el valle y acaba subiendo por la ladera de la montaña. Dejamos aparcado el coche y empieza una subida a pie siguiendo un pequeño camino, que va atravesando poblados diseminados en la montaña y terrazas donde crece el café, la caña de azúcar, patatas, yuca, mandioca.. ¡¡Qué belleza de lugar!! Vemos humo y entramos en una sencilla fábrica de grogue: una máquina exprime el líquido de la caña de azúcar, mosto que dejan fermentar en unas barricas y que acabará destilándose en un alambique de cobre puesto sobre el fuego, como combustible se utiliza la misma paja de la caña.

Para los amantes de las montañas y el trekking, no os podéis perder esta isla, todavía tan virgen y tan poco frecuentada por turistas. No nos será fácil olvidar estos paisajes… entre todas las islas visitadas de Cabo Verde, esta es la más mística y fascinante!

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