Bahía de Todos Os Santos

Con sus 1000 km2 la Bahía de Todos Os Santos y “Todos Os Pecados” es la bahía más grande del Brasil, conteniendo 56 islas de exuberante vegetación y muchos pequeños poblados.

Una vez adentrados en ella, se nos hace muy difícil pensar que estamos a tan sólo 30 millas de una ciudad de más de 3 millones de habitantes. La sensación de estar apartados de toda civilización se hace latente en cada uno de los fondeos que hemos visitado. No coincidiremos en los fondeos con más de tres barcos anclados al lado nuestro, en la mayoría de los casos estamos solos, rodeados de exultante naturaleza y belleza. Eso si, aquí también emerge el país de contrastes en el que se está convirtiendo Brasil. Navegando durante tres horas por estas tranquilas aguas rumbo al norte dejamos a estribor una enorme refinería y varios mercantes allí atracados. También aquí han encontrado petroleo! Por suerte nosotros decidimos fondear en un lugar precioso al oeste de Ilha de Bon Jesus, desde donde no podemos ver las llamaradas de la refinería. Nos pasamos el día chapoteando en el agua – que en la Bahía es verdosa por el sedimento que contiene – y visitando el pequeño poblado de pescadores. Fortuito es nuestro encuentro a la mañana siguiente con un grupo de mujeres arrodilladas en la arena que deja a la vista la bajamar. Están buscando berberechos frescos. Una señora nos vende un kilo de estos berberechos, que cenaremos esa misma noche acompañados de un buen trago de vino blanco, impregnándonos así del sabor de estas aguas saladas.

Sólo con el génova y toda la corriente a favor, Mischief navega a 8 nudos cruzando de nuevo la bahía hasta llegar a la isla más popular: Itaparica. Aquí fondeamos frente a la única marina del lugar. Conocemos a Johan y su novia brasileña Rosi, que viajan en un trimarán construido en astilleros de La Rochelle, y que ha atravesado el Atlántico 18 veces, con un récord de velocidad de 450 millas diarias. Johan es austriaco, y de tanto recorrer este país ha decidido casarse aquí con una brasileña y seguir descubriendo sus inacabables costas. Nos da un montón de ideas y de consejos para nuestra próxima travesía a Río de Janeiro.

Entre otros nos indican dónde comer la mejor Moqueca – el plato más tradicional del estado de Bahía: en un pequeño y simple restaurante frente al mercado. Por 7 euros disfrutamos enormemente de esta fuertemente condimentada salsa a base de leche de coco que en este caso viene acompañada de pescado, frijoles y sémola de maíz, todo ello cocido en un recipiente de barro. Gina se queda dormida justo en el momento de servirnos la comida, y la estiramos encima de una mesa al lado de la nuestra, parece que un delicioso postre nos esté esperando en la mesa adyacente ;-). ¡Se está convirtiendo en una chica “todoterreno” que se acomoda en todas partes y en todas las posiciones!

Un gran atractivo que tiene el fondeo de Itaparica es que a tan sólo pocos metros y en bajamar, sobresale un banco de arena blanca enmedio del mar. Lugar ideal para pescar camarones y cangrejos, pero también para que Gina disfrute horrores corriendo con el agua cubriéndole las piernas, jugando con la arena y todo lo que en ella encuentra; como a su mama también a ella le encantan las conchas y caracolas ;-).

Y empieza nuestro descenso por el impresionante canal de Itaparica hacia el sur, a nuestro camino islas – que resultan ser todas privadas – con paradisíacas playas blancas de cocoteros enmarcando suntuosas mansiones. Todo respira naturaleza desbordante, y en medio de todo solo nuestro Mischief navegando silenciosamente por las pacíficas y solitarias aguas de este mar tranquilo. Fondeamos – de nuevo solos – frente a una idílica playa de altísimas palmeras, tenemos la sensación de ser muy privilegiados.

No cesan los baños por la popa, Gina ríe a carcajadas cada vez que la hundimos en el mar, pero estos días parece que disfruta todavía más aprendiendo a subir la escalera de popa. Cada día consigue subir un escalón más, y ágilmente se balancea en el último peldaño como si fuera un columpio. Se mueve ya con mucha soltura por la cubierta del barco, aunque tiene muy asimilado que solamente puede andar de popa a proa de la mano de uno de sus padres. Es feliz explorando una y otra vez cada uno de los pequeños mecanismos de abordo, todas las poleas, grilletes, cabos, herrajes, etc etc.. han pasado ya por sus manos mi y una veces. Siempre hay algo nuevo que descubrir, y a menudo su caja de juguetes queda totalmente olvidada detrás de la mesa del salón.

También aquí ha empezado a disfrutar observando detalladamente la naturaleza que la rodea. Ha descubierto por primera vez la luna en el cielo, y ahora – cada noche después de cenar en el cockpit y antes de irse a dormir – busca la luna y la señala emocionada. Ya varias veces se ha quedado observándola un buen rato en brazos de su padre, relajándose y quedándose profundamente dormida minutos después. Son muchas las impresiones y las emociones diarias que tiene que asimilar..

Sentadas en la proa del barco, y mientras Mischief continúa rumbo sur en dirección al poblado de Cacha Prego, Gina va señalando árboles, barcas de pesca que se cruzan en nuestro camino, pájaros que sobrevuelan el lugar.. cómo se sorprende con todo aquello que nos rodea!

Cacha Prego resulta ser un pueblo acogedor y pintoresco, frente al mar abierto pero protegido por unos arrecifes. Navegan por la zona muchos seveiros – troncos vacíos que los pescadores utilizan para su trabajo, provistos de una vela cuadrada. Nos hemos vuelto adictos a los “sucos de laranja” recién exprimidos. Las playas en este lugar son bonitas, largas y blancas, con palmeras.. Hacía muchísimos años que no jugábamos con la arena como lo hacemos ahora, ja,ja.. claro está que lo de los niños rejuvenece, aunque solo sea mentalmente. 😉

La corriente aquí es tan fuerte, que decidimos cambiar de fondeo la segunda noche y subir algo más al norte, frente a Catú, pueblo de cuatro casas donde conocemos a un alemán de Hamburgo que hace 17 años se enamoró de este apartado lugar del mundo, vendió su velero, se compró un terreno, edificó una casa (y vaya casa!) y abrió un restaurante, cambiando así el rumbo de su vida.

La navegación más larga – cinco horas – nos lleva al día siguiente hasta un pueblo a la entrada del río Paraguaçu. Quizás lo único que recordaremos de este pueblo es que nos cruzamos con un pescador que nos vende por pocos reales 10 enormes cangrejos rojos. Qué sabrosos, cómo disfrutamos con esta improvisada mariscada!!!

Iniciamos nuestro ascenso por el río, y cual es nuestra sorpresa al encontrarnos con unas enormes dragadoras: también aquí han encontrado petróleo y se alza ante nosotros la estructura que acogerá una nueva base petrolífera. Uno no puede dejar de preguntarse cómo pueden coexistir en un lugar tan bello tanta exuberante naturaleza con una base industrial. Claramente de nuevo el hombre haciendo sus destrozos, no hay ninguna fuerza que pueda parar la extracción del preciado oro negro. Varias de las islas adyacentes – casi todas privadas – están en venta, pero ya nadie las quiere comprar.

Por suerte el río sube serpenteando y pronto desaparece todo rastro humano, y nosotros seguimos adentrándonos en este mundo en el que parece haberse quedado todo parado en el tiempo, sólo se oye el graznido lejano de alguna garza .. el resto silencio.

Fondeamos delante del pueblo de Maragoyipe. Una segunda moqueca en el pueblo – esta vez de camarao – y buscamos un nuevo fondeo para pasar la noche. De camino paramos delante de un terreno privado, ya que nos han recomendado ir a visitar una cascada que se encuentra a 15 minutos andando de la playa. Nos adentramos por el camino en medio de espesa jungla tropical, pero con tan mala suerte que pasamos por encima de un nido de hormigas voladoras llamadas localmente “barabunda”, que producen una picada muy dolorosa. En pocos segundos nos han rodeado cientos de ellas, y empieza el gran festín. Nosotros sintiendo los dolorosos pinchazos en el cuerpo, empezamos a correr como poseídos de vuelta a la playa. Gina – que está sentada en la mochila a la espalda de Jordi – no deja de gritar, ¡también a ella la han atacado! Tiene dos picadas en la cara, dos en la pierna y dos en el brazo, que enseguida se hinchan y enrojecen.

Así que nos pegamos un buen baño de vinagre, mientras Gina se duerme agotada. Tres días más tarde seguirán doliéndonos las picadas, a todos menos a Gina, que le han desaparecido por arte de magia. De todo se aprende, y la próxima vez que nos adentremos en esta jungla nos protegeremos con pantalón y manga larga.

Fondeamos al atardecer – esta vez rodeados de manglares – en los que nos adentramos a remo pudiendo observar la fauna del lugar: grabado en el recuerdo queda el vuelo de un ibis rojo. Estas imágenes nos las llevamos con nosotros de vuelta a Salvador de Bahía.

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2 pensamientos en “Bahía de Todos Os Santos

  1. Oi, tudo bem???
    Como siempre, una gozada leeros. A ver si gano arrrrrgo en pasalacabra y me voy para allá a comer unas moquecas y nos berberechos!!(ojo, q has puesto percebes en la foto d las mariscadoras!!!). Me dice Elo que si vais a Rio no dejéis de parar en ilha grande, en la Bahia d Angra y en Iparatí. Si vais a Bucios, Ricardo, amigo d Elo, lleva un restaurante, el Barceloneta. Comeréis bien y sus padres, alemanes, son navegantes y seguro q os pueden dar buenos consejos.Muy majos.
    Beijaaaaaos com arros!!!

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