Itacaré

No hay manera de evitar que entrando en la bahía de Itacaré empiecen a latir nuestros corazones a mil por hora. No nos hemos encontrado en Brasil con ninguna entrada tan complicada y peligrosa. Un faro a babor nos indica el final del rompeolas y las rocas, a estribor se extiende un enorme banco de arena que deja transitable para nuestro barco solamente un estrecho canal. Sale a nuestro encuentro una lancha con un rasta a bordo, que nos asegura que si nos dejamos guiar por él no nos pasará nada. Nosotros no dejamos de mirar la sonda, que oscila entre los 2 y 3 metros.. nada más que un palmo de agua bajo la quilla, y eso en marea alta y con la corriente entrante. Nos acercamos hasta la playa, Libertad que nos sigue a alguna distancia se acerca demasiado, y embarranca. Les vemos girar sobre su propia quilla, pero consiguen liberarse con un golpe de motor. Entramos hasta el fondo de la pequeña bahía y fondeamos en el río, solamente tres metros separan un barco del otro, ya que por aquí todo son bancos de arena. Además de nuestros dos barcos, hay aquí fondeado ya desde hace un año el barco de un francés, que ha comprado un terreno río arriba y ha decidido aposentarse en este precioso lugar del mundo.

¡¡Nos encanta Itacaré!! Se trata de un pueblo que ha crecido en estos últimos años rápidamente, ya que está rodeado de unas playas increíblemente bonitas, y de frondosa mata atlántica. Es el lugar de encuentro de surfistas, que caminan por las calles descalzos con sus tablas bajo el brazo. Multitud de bonitas pousadas se extienden por playas y calles, especialmente en la concurrida calle de Pituba. Es temporada baja, pero se respira un ambiente relajado y muy auténtico, muy cordial. Todo legal, todo beleza.. como dicen aquí!

Sentados en un bar frente a la Praiha da Concha, tomando una Bohemia y haciendo internet mientras Gina juega en la arena, conocemos a Rogerio, que es joyero. “Si quereis os llevo en coche hasta las cuatro playas que dan al sur, yo voy a allá a vender mis joyas!” se ofrece amablemente. Nos ahorra una buena caminata, y además acaba pasando el resto del día con nosotros. Rogerio es de Minhas Gerais más ha vivido muchos años en el extranjero, entre ellos varios años en Barcelona y en Menorca, y parla una mica de catalá. Nos enseña la praiha de Resende, la praiha surfista de Tiririca, la praiha da Costa y finalmente la Praiha da Ribeira que es la que más nos gusta por estar rodeada de frondosa mata atlántica que desciende hasta el mar. Rogerio llama a sus esposa por teléfono “Silmara, estoy con unos amigos y venimos todos a comer a casa, pon más camarao en la sartén!” Así acabamos compartiendo mesa con su familia: Silmara, su hijo de dos años, y su padre. Comemos camarao mientras Gina juega con Victor, su nuevo amigo. Nos sentimos muy a gusto con ellos, y les invitamos al día siguiente a comer tortilla de patatas a bordo del Mischief. También se apunta Lupercio, amigo y fotógrafo, especializado en sobrevolar en ultraligero esta costa y hacer fotografías desde el aire. Para ver algunas de sus espectaculares fotos, este es el link:

 

https://www.facebook.com/media/set/?set=a.397065320361250.92274.100001733569921&type=1

 

El Mischief se llena de fiesta, los niños juegan en la popa y los mayores no cesan de charlar y reír. Decidimos terminar el día con un baño en la praiha da Concha.

Ya de vuelta en el barco, oímos que alguien está gritando desde tierra haciendo señas. Jordi se acerca con el dinghi; se trata de Ricardo, amigo de una amiga de Barcelona, que estuvo viviendo en Itacaré varios años. Quedamos para tomar algo al día siguiente, ya que esta noche hemos quedado para cenar en el Libertad con Terry y Silke.

Con los sudafricanos hacemos al día siguiente una excursión a la Cachoeira de Leandro (cascada) que se encuentra unas tres millas río arriba. Ellos suben el río en kajaks, nosotros en el dinghi, pero al llegar al estrecho afluente del río que nos lleva a la cascada entramos a remo, para poder disfrutar del silencio y no asustar a los animales del lugar. Vemos pequeños macacos saltar de rama en rama. Y llegamos a la fazenda repleta de árboles de cacao donde se encuentra el espectacular salto de agua. Los seis nos bañamos en las aguas heladas, sobre todo Gina disfruta sumergiéndose bajo el chorro de agua que cae entre las rocas.

Un saco de frescas cervezas flotando en el agua, bocadillos y chocolate amargo local, que todo el mundo aquí parece saber hacer de forma casera, contribuyen a la felicidad del momento. Fascinados por la belleza del río en el camino de vuelta al pueblo, decidimos hacer una parada frente a Itacaré en la playa que da al Atlántico, donde nos pasamos un buen rato pintando con Gina flores en la arena.

Rogerio y su familia se convierten durante la semana que “moramos” en Itacaré en buenos amigos, y casi a diario pasamos a por su casa, atraídos por su hospitalidad. Una noche nos invitan a comer pescado asado al fuego en la playa da Concha con un grupo de amigos. Disfrutamos de una agradable velada, hasta que oímos en la radio portátil la entrecortada voz de Carla – que se ha quedado cuidando a Gina en el barco – que nos avisa de que Gina se ha despertado y llora desconsoladamente. Esta vez no ha habido suerte, y tenemos que abortar la cena y volver al barco con los vasos de vino todavía medio llenos.

En su día libre, Carla conoce al surfero Bruno, que desde ese momento pasará a ser parte integrante de nuestro equipo. Cada día se acerca en surf, motora o a remo al Mischief, con la intención de rondar a la bonita mujer. Siempre trae algún regalito, para Carla o para el capi, hay que mantener a todos contentos ;-)! Nos quedamos sorprendidos de la persistencia de los brasileños en busca de su media naranja. Finalmente nos acompañará a hacer una excursión a la playa surfista de Tiririca, y hasta nos dejará probar su tabla de surf.

Destrozado queda su corazón el día que decidimos zarpar rumbo a Salvador de Bahía, no tenemos otra alternativa, ya que ya no quedan demasiados días hasta la salida de nuestro avión rumbo a Belo Horizonte, donde queremos visitar a nuestros amigos Renata y Fabiano – y tenemos que hacer antes varios recados en Salvador.

Roger y Lupercio vienen a despedirnos y nos saludan efusivamente desde la playa, mientras el Mischief y el Libertad salen en marea alta con mucho cuidado del laberinto de bancos de arena que se aglomeran delante de Itacaré. Sentimos tener que abandonar este lugar, pero al viajero no le queda otra alternativa que seguir viajando!

Sólo salir de la bahía y entrar en mar abierto nos encontramos con una ola atlántica de cuatro metros que nos zarandea desde el través. Soplan unos 30 nudos reales de popa, y cada poco un chubasco pasajero descarga encima de nuestro barco litros y litros de agua. Gina acaba mareándose, y vomita varias veces encima de su mama ;-). Nos da mucha pena, y decidimos no continuar nuestra travesía y pasar la noche fondeados delante de Barra Grande, solo 30 millas más al norte. Por radio nos despedimos de nuestros amigos del Libertad, que reencontraremos algunos días después. A las 22h tiramos el ancla y todos descansamos a pierna suelta, soñando con mar plana y un sol radiante.

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