Adiós Brasil!

Cada atardecer al ponerse el sol un saxofonista toca el Bolero de Ravel en uno de los restaurantes adyacentes, y el río Parnaíba se llena de música. Nosotros le escuchamos a diario desde el barco, viendo como desaparece el sol tras las colinas. La Jacaré Village Marina es sin lugar a dudas una marina de veleros franceses; hace ya días que hablamos más francés que portugués. Y tampoco hay duda de que la comunidad de veleristas franceses es más familiar que cualquier otra. Casi todos los barcos aquí tienen niños a bordo. No tan pequeños como Gina, pero por ejemplo está Jules de dos años y Oceane de cinco que juegan a menudo con ella en la piscina, donde se pasa horas chapoteando en el agua. También están la familia del Tahaa con sus dos hijas que recorren durante dos años el Caribe, o Jean Marie y Cecile a los que está visitando ahora su hija Amandine, una pareja de artistas que se ganan la vida haciendo espectáculos para niños, mientras la joven aprende a ser trapecista en un circo en Finlandia. En Jacaré ha llovido mucho, algún día ininterrumpidamente durante 24 horas – así que por suerte hemos estado bien acompañados por todos ellos. Cuando caen lluvias torrenciales siempre es algo incómodo estar a bordo, donde con todas las escotillas cerradas se acumulan el calor y la humedad. Y siempre aparece alguna gotera en el lugar menos indicado.. Pero por fin amanece un día soleado y podemos dejar a secar en cubierta ropa y libros para sacar esa sensación de humedad que invade todo el barco.

Pero la semana que pasamos en Jacaré se tiñe también de tristeza. Llevamos muchas millas de amistad compartidas con Silke y Terry del Libertad, muchas cenas a bordo de uno o del otro velero. Pero durante estos días nos toca vivir muy de cerca su ruptura. Nadie dijo que convivir en un velero iba a ser fácil. Esta pareja, después de varios meses intentándolo, ha decidido seguir rumbos distintos. Tomada ya la decisión de no continuar juntos, zarpan rumbo a Trinidad, donde Terry pondrá a la venta el Libertad, y Silke se pondrá manos a la obra para buscar un velerito y continuar navegando sola. Hay mujeres valientes en todos los lugares el mundo, y Silke es sin lugar a dudas una de ellas. Se van unos buenos amigos, pero volveremos a vernos en Trinidad, ya que por Iridium nos van manteniendo informados sobre sus coordenadas.

Y llega nuestro momento de izar el ancla. Solo nos separan 100 millas de nuestra próxima parada, Natal, la ciudad de la luz. Llegamos de madrugada, y a mí la entrada a la gran ciudad me parece mágica, pasamos por debajo de un espectacular puente mientras varias jangadas – los tradicionales barcos de pesca de este lugar, una especie de patines catalanes con coloridas velas – están saliendo a pescar. Tenemos la intención de quedarnos aquí un par de días, alquilar un coche e ir a conocer las playas de dunas blancas de Pipa, pero esta vez no nos acompaña la suerte. En el Iate Clube una antipática señora insiste en que le entreguemos la documentación del barco y los pasaportes para enviarlos a la policía federal. Nosotros ya hemos oficialmente “abandonado” el país por no habernos sido concedida la ampliación de nuestro visado durante tres meses más, pero con las enormes extensiones de costa de este país no es tan sencillo ni rápido dejar atrás el territorio brasileño a vela. Algunos de nuestros amigos por otro lado sí han conseguido dicha extensión, todo parece depender del humor del policía de turno que te toca en una oficina determinada.

No pensábamos que habría un control tan exhaustivo, le pedimos a la desagradable señora que nos deje al menos quedarnos un día fondeados delante del club para descansar – no dormimos demasiado la noche anterior y estamos agotados – pero sólo se relaja cuando le aseguramos que zarparemos enseguida. ¡Qué bajón! Más claro que nunca vemos ahora que se acaba nuestra etapa en Brasil, y tomamos una decisión: haremos solamente una corta parada en Fortaleza para llenar las despensas, y recorreremos el resto de la costa brasileña non-stop hasta la Guayana Francesa, en total unas 1000 millas! Por suerte tenemos todavía a Carla a bordo, que nos ayudará con Gina y con las guardias y que nos acompañará hasta Tobago.

En 38 horas recorremos las 280 millas que nos separan de Fortaleza, navegando a una media de 7,6 nudos. Con el mar, el viento y la corriente portantes el Mischief avanza veloz. Pero no conseguimos dormir demasiado ninguna de las dos noches, sobre todo la segunda noche se acaba complicando con una subida del viento a 30 nudos reales acompañados de una lluvia fría y constante, y una gran ola de popa que hace orzar el barco más de lo normal. Sobre todo una de ellas es tan descomunal, que el barco se va de luf, todo en el interior salta por los aires, incluida Gina que ha rodado hasta toparse con el armario: me la encuentro sentada apoyada contra la pared con la mirada perdida, como preguntándose: ¿Cómo habré llegado yo hasta aquí?

Fortaleza nos recibe con frío y lluvia, estamos calados hasta los huesos, y fondeamos delante de la marina para recuperar fuerzas con un caliente café y un buen desayuno. Pasaremos los próximos dos días amarrados en la Marina de la ciudad, que tiene una enorme y lujosa piscina donde Gina mejorará considerablemente sus conocimientos de natación. Esta vez el encargado de la marina nos deja quedarnos sin hacer papeles a cambio de una pequeña “propina”. Como únicos vecinos tenemos a una pareja de franceses que conocimos en Mindelo, que tienen también un bebe de 20 meses a bordo, pero que a causa de un problema con el motor han tenido que pasarse los últimos tres meses amarrados aquí esperando las piezas de recambio. Qué fortuito el encuentro, ya conocemos otra pareja con bebe con la que seguro vamos a ir coincidiendo en el futuro!

¡Adiós Brasil! Hubiésemos necesitado dos años para conocerte a fondo, pero estos tres meses nos han dejado un muy buen sabor de boca!

 

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