Tortugas

Es bien sabido que la costa norte de Tobago tiene preciosas bahías rodeadas de altas montañas y bosques tropicales, pero también que sus fondeos son incómodos por tener bahías muy abiertas y encaradas al noroeste. Aprovechamos estos días de mar calmada para recorrerla junto al Libertad. Pero no nos libramos de echar a menudo un ancla por popa para mantenerlo aproado a la ola y así evitar el constante balanceo del barco.

Para evitar el viento de proa, zarpamos temprano por la mañana hacia Plymouth. En el camino pescamos un “Kingfish” de tamaño considerable, que alegra el corazón de Jordi, ávido por comer pescado. Una vez fondeados en Great Courland Bay nos acercamos en dinghi a la larga playa, donde unos pescadores están entrando la red que echaron al mar dos horas antes. “Seine fishing” es la forma más habitual de pesca en Tobago: desde una barca se echa una enorme red que los pescadores recuperan después desde la playa, atrapando en ella todo lo que se pone en su camino, pero sobre todo pescadilla pequeña.

Pasamos el primer día como “infiltrados” en un resort junto a la playa – que ya dejó atrás sus días más gloriosos – y que dispone de una suculenta piscina para Gina y wifi gratuito.

Estamos fondeados justo delante de “Turtle Beach”, que debe su nombre a que las leatherbag turtles, llamadas tortugas baulas, vienen desde antaño a poner aquí sus huevos. Nuestra llegada coincide con la época del año en la que las baulas están todavía saliendo por la noche a poner sus huevos en la playa, y empiezan a nacer las pequeñas tortugas.

Así que quedamos a las 4.30h con Silke y Terry para recorrer la playa en busca de las tortugas … y ya amaneciendo, vemos unas 10 cabecitas de tortuga apareciendo en la arena. Lentamente se van desenterrando, están cansadas ya que su mamá puso los huevos a unos dos metros de profundidad, y ya han recorrido un largo camino.

Una vez fuera ya sólo les queda llegar hasta la orilla, para poder desaparecer en el mar y así empezar con sus vidas. Pero resulta que solamente 3 de cada 150 tortugas recién nacidas, sobre todo aquellas que nacen a plena luz del día, consiguen sobrevivir a los muchos depredadores que se encuentran en el camino.

Durante una hora observamos como las pequeñas recorren los 50 metros que las separan del mar, y estamos aliviados cuando una ola se las lleva mar adentro… hasta que horrorizados vemos como de repente tres fragatas que sobrevolaban la zona caen en picado del cielo y las devoran una a una. ¡Nos quedamos petrificados! Aconsejados por uno de los guardas de la playa decidimos llevarnos una de las tortuguitas en un cubo lleno de arena mojada hasta el barco, para liberarla desde allí. Con el dinghi nos adentramos mar adentro, y al ver que el cielo está despejado la dejamos en libertad… pero como por arte de magia aparece en pocos segundos una enorme fragata y se la come de un picotazo. Volvemos algo deprimidos al barco, nuestra operación rescate ha fracasado, y hemos visto demasiadas tortugas muertas en una sola mañana!! Pero así es la naturaleza.. y no somos quién para interferir en ella!

El domingo se convierte en otro día especial, de nuevo como infiltrados. Esta vez en el “Family Day” de los Quashis. Se trata de la reunión anual de todos los descendientes de un tal William Quashi, que allá por el siglo XVII llegó a Trinidad desde Ghana y tuvo tantos descendientes que hoy en día se reúnen unas 300 personas anualmente para conocerse y pasar un día “en familia”. Nosotros disfrutamos de la fiesta en compañía de Ives, bretón que ha llegado a la bahía en su rápido catamarán, interesante y curtido navegante que ha dedicado toda su vida a hacer lo que más le gusta: navegar. Hace 25 años – sin GPS, ayudado por un sextante y en solitario, hizo toda la costa de Brasil y Argentina, pasó por el estrecho de Magallanes y subió la costa de Chile.. todo con un barquito de 22 pies!

Y llega la hora de partir, esta vez Libertad y Mischief llevarán rumbos opuestos. El Libertad ha de continuar su camino hacia Trinidad, donde Silke y Terry quieren sacar el barco del agua. Llevamos con ellos más de 2500 millas recorridas y cuatro meses de aventuras compartidas. Antes de zarpar, desayunamos por última vez a bordo del Libertad, donde hemos pasado muchas veladas juntos – en Brasil, la Guayana Francesa y en Tobago. Los vamos a echar mucho de menos como compañeros de viaje!

Nosotros continuamos hacia el norte, y entramos en una espectacular bahía: Castara Bay. Estamos rodeados de frondosas montañas y desbordante selva tropical, y ante nosotros – esparcido por la montaña – el pequeño y rústico pueblo de Castara. Algo de muy especial y mágico tiene este lugar, que nos fascina desde el primer momento. Solamente hay otro barco fondeado aquí, así que dejamos caer nuestro ancla frente a una bonita playa repleta de pequeñas conchas, y provista de una manguera de agua dulce donde podemos ducharnos cada día. Y sentados en la terraza del acogedor restaurante de la playa vemos llegar desde lejos un gran velero.. se va aproximando y su casco de color verde lo delata: es el “Golden Argosy” de nuestros amigos italianos, que no hemos vuelto a ver desde que estuvimos juntos en Cabo Verde hace seis meses. Como los miércoles por la noche en la playa se organiza la “drumming night”, celebramos el reencuentro con Mario y Alessandra tomando unas cervezas en el bar y escuchando el estruendo de los tambores y el baile de los zancudos, que dejan a Gina anonadada.

Esta bahía tiene tanto que ofrecer que nos quedamos una semana, entre paseos por el pueblo, visitas a la cascada, deliciosos desayunos en el internet café, .. y el snorkel, que aquí es excepcional. Pronto caen las primeras langostas, que acabarán siendo parte de la exquisita fideuá que nos prepara Jordi y compartiremos con Mario y Alessandra a bordo.

Pero llega el viernes por la tarde.. y Tobago se viste de fiesta, también en Castara. Desde la playa llega el estruendo de su música, que a lo largo de la tarde subirá de volumen hasta hacerse insoportable! Ya sabemos que estas fiestas se alargan hasta la madrugada.. así que no lo pensamos dos veces, y el Golden Argosy y Mischief levan ancla y buscan refugio en la próxima bahía sólo a dos millas: Englishman’s Bay. Qué pena, nos hubiese gustado quedarnos en Castara una eternidad!

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