Salentinos

Y llegó el momento esperado de mudarnos a nuestra nueva casita, de tan solo 35 metros cuadrados: nos invaden sensaciones similares a las que teníamos viviendo en nuestro barco, cuando no importaba el reducido espacio si uno tenía la terraza con las vistas más espectaculares del mundo.

Y si, los domingos todo son montañas, silencio y paz. Pero esto cambia radicalmente entre semana, cuando una cuadrilla de 10 trabajadores se pone manos a la obra y lo que se oyen son martillos, la mezcladora dando guerra, apisonadoras aplanando el terreno… No hay silencio en una construcción, pero si mucha acción. Y desde casa podemos ver avanzar y crecer día a día el edificio principal de este proyecto. Eso ayuda a incrementar el control de la obra, intensivo trabajo que entre Jordi y nuestro actual arquitecto Cristian hacen muy exhaustivamente. La construcción de esta primera casita ha sido muy importante para aprender de los errores cometidos, pues si, ya nos han abierto la pared dos veces en el baño, primero por olvidar la entrada de agua al inodoro, la segunda porque las tuberías del lavamanos perdían agua y la humedad en la casa llegaba a niveles insoportables. Cada mañana nos levantábamos con los cristales empañados cual estuviesemos metidos en una sauna finlandesa.

Y a tan solo a pocos días de mudarnos a estas montañas, empieza de lleno la temporada de lluvias. Llueve lo que no ha llovido en estos últimos tres meses, todo vuelve a ponerse intensivamente verde, y nosotros andamos con las botas altas siempre llenas de barro. Imposible meter la ropa de Gina en la lavadora, está tan sucia de tierra que ha de pasar por un lavado a mano previo!! Por suerte tenemos la cimentación ya muy avanzada y la lluvia – que llega siempre por las tardes – no impide el progreso de la construcción.

Todos los cambios traen consigo una adaptación, que no siempre es fácil. Tengo grabada la cara de Gina el primer dia en la nueva casa, mirando por la ventana y preguntando: “¿Pero aquí donde están los niños?”. Viniendo de un condominio repleto de niños que corrían despreocupadamente de una casa a otra, este contraste le ha supuesto a ella un cambio radical.

Pero no hay imposibles en ningún lugar. Y conseguiremos que este terreno – aun rodeado de naturaleza – se llene de niños y de risas infantiles. Así que sin demora inicia la temporada de talleres cada tarde de 3 a 6h. Gina espera con ansia ese momento, en el que aparecen como por arte de magia los niños, que vienen a quedarse para compartir unas horas de juego, de diversión, de creatividad y de amistad. Junto a Vanesa, Andrea y Ezequiel organizamos talleres de yoga, manualidades, malabares y huerta. La idea no es otra que la de dejar que los niños se diviertan y aprendan a relacionarse entre ellos, compartiendo los valores que nos parecen indispensables para su crecimiento. Me fascina ver como en el taller de huerta los pequeños agricultores se sumergen en las distintas actividades: les encanta tocar la tierra con las manos, tratan cariñosamente a las semillas que luego hunden en la tierra, riegan, marcan con su nombre la zona donde sembraron cada uno de ellos, y con el paso de las semanas observan como van creciendo sus plantas. Son unas horas inmersos en la naturaleza que nos rodea, nos da tiempo a inventar historias sobre los animales que viven en esta zona, observamos los pájaros que se acercan a curiosear, y cada atardecer seguimos el vuelo de las decenas de loras verdes que en bandadas y emitiendo unos agudos graznidos sobrevuelan el terreno en su camino hacia Cocora.

También cosechamos juntos, y nos llevamos algún fruto de vuelta a la casita de guadua, las zanahorias, el brocoli y los rábanos recién cosechados y degustados en compañía saben mucho mejor!! La misma felicidad que siento yo en la huerta también la sienten los más pequeños, es un lugar especial, muy acogedor que emana equilibrio, tranquilidad y mucha paz.

Acabamos de empezar, pero tengo la certeza de que esta semilla que recién plantamos dará muchos frutos, y que estos talleres pueden ser transformadores para todos!

Y con la mudanza a Salento ampliamos familia. En el pueblo nos comentaron que alguien vendía un cachorro de pastor alemán, y al verlo nos enamoró a la primera vista y no lo dudamos ni un momento: Roc entraba a formar parte de nuestra familia. Conocemos a los papas, y ya sabemos que va a ser un perro grande, muy grande. Pero por ahora este pequeño juguetón solo hace que mordernos los tobillos y nos ha destrozado ya varios pantalones a todos..;-)

Los meses pasan veloces, y todo crece imparable.

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