Surrealismo kuna

Kuna Yala tiene esa especial característica de que una vez has cruzado sus aguas y visitado sus islas te cala hondo, tan hondo que nos hace sentir como si volviésemos a casa después de haber pasado tres meses en el país vecino, Colombia. Los kunas nos dan la bienvenida, se acuerdan de nuestros nombres, vienen al barco ofreciéndonos sus mejores langostas o sus más coloridas molas. Son muchos los kunas que ya conocemos aquí, y muchos los kunas que conocen a Gina por su nombre y por sus rizos.

También son muchos los veleros que vuelven a repetir la temporada en aguas de San Blas, así que fondeando en las bahías reencontramos a amigos del año pasado, navegantes que ya hace muchos años que pasan aquí sus temporadas de verano, y otros que vuelven a disfrutar de unas semanas en el paraíso de los cocoteros antes de cruzar el Canal de Panamá.

Así hemos estado navegando estos últimos meses con todo un grupo de familias francesas y belgas – buena práctica para nuestro oxidado francés – y Gina no había tenido hasta ahora tanta compañía infantil en las islas. En Banedup celebramos varias fiestas importantes, el cumpleaños del hijo de Anelio, la multitudinaria fiesta del día de Navidad, la divertida fiesta de año nuevo junto a nuestros amigos del Tuvalú entre otros… En Green Island celebramos el cumpleaños de Zoe entre pasteles, gincamas y colores que acaban cubriendo los menudos cuerpos de estos pequeños artistas.

A mediados de enero coincidimos con el barco de Xavier – un carismático francés que conocemos del año pasado – y su familia, a los que invitamos a una fideuá en la playa de Cambombia. Esta vez la isla está habitada por la familia de Eucasiano y un montón de niños muy simpáticos y divertidos. Gina disfruta saltando con ellos desde el barco de Xavier que se ha amarrado por popa a un árbol de la playa. Es allí donde ella decide empezar a nadar sin flotadores, recorre nadando sola esos tres metros que separan el barco de la playa una y otra vez, como si en eso le fuera la vida. Se ha dado cuenta de que se puede mantener a flote por encima del agua, y ese descubrimiento la tiene completamente obsesionada. Desde ese día Gina ya nada sola, sin ayuda de nadie. Nosotros maravillados. Al cumplir un año nos regaló sus primeros pasos, al cumplir dos años empezó a hablar, y ahora – a punto de cumplir tres años – ya nada como pez en el agua.. Veremos lo que nos depararán los próximos aniversarios. 😉

Llegan algunos barcos más a Cambombia, ya que se está preparando una nueva e importante fiesta en la isla: la matanza del cerdo. Es habitual que los kunas en sus islas engorden un cerdo con las sobras de su comida, para comérselo después. Se agradece comer carne cuando el pescado y la langosta son el plato primordial en este país.
Una treintena de personas asistimos al espectáculo de la matanza, que aquí consiste primero en ahogar al cerdo en el mar. Después se le cuelga entre dos palmeras, se le desangra y encima de un ulu acabarán cortándole los testículos y despedazándolo. Lo sorprendente es que durante todo el proceso los diez niños estarán observando cada una de las etapas en primera fila, sin parpadear. Sus mentes y su naturaleza libre de influencias e imágenes preconcebidas hacen que todo el proceso sea de lo más natural para ellos.

El largo e intenso día acaba con un accidente: Eucasiano se hace un corte profundo en la mano con el machete. Los kunas son reacios a ir al hospital o a un dispensario, y es usual que las madres se nieguen a llevar a coser a sus hijos cuando se han hecho cortes profundos. Pero Eucasiano se deja convencer por Xavier, que después de limpiarle la herida le clava un par de grapas sanitarias sin anestesia. Durante todo el proceso Eucasiano no abre la boca ni se queja pero una vez terminada la curación se desmaya y tiene que ser reanimado con apremio.

En Kuna Yala los niños no lloran, los kunas son seres estoicos que no se quejan por nada, aguantan el dolor sin articular ni un gemido. Hay hospitales en algunas de las islas más grandes cercanas a tierra, pero intentan evitar el trasladarse a ellos. Según una conversación con Danel, el kuna comunicador, sobre todo les tienen miedo a las transfusiones de sangre. Algunas mujeres a las que se les practicó una transfusión tuvieron después hijos con el pelo rizado, y los kunas lo adjudican a la mezcla de sangres. Según nos cuenta, la sangre kuna es un tipo de sangre especialmente resistente y poderosa, que no debe mezclarse con sangres menos puras.

Estamos tan inmersos en esta sociedad, conociendo a fondo sus tradiciones y costumbres, que a veces nos da la sensación de estar viviendo en un mundo surrealista, donde todo es posible. El Aquí i el Ahora en mayúsculas imperan en Kuna Yala!

 

El terreno Eco-Resort Gran Azul

Hay una zona en Salento que nos atrae especialmente, por sus vistas increíbles y su cercanía al pueblo. Se trata de los Altos del Cocora, los terrenos con las mejores vistas al valle. Una mañana soleada paseando por allí, entramos en una de las casas para preguntar por terrenos en venta en la zona. Sale a recibirnos un simpático señor con un acento catalán muy cerrado, y mirando la fachada de la casa vemos una bandera estelada. Así es como conocemos a Pitu – o Tito, como le llaman aquí – catalán de Olot con el que enseguida hacemos muy buenas migas. Nos habla de su ex-esposa Clarita, que vive en el pueblo, y al conocernos nos invita espontáneamente a quedarnos a vivir en su casa, ya que ella a la mañana siguiente viaja al extranjero. ¡Que suerte! Pitu además nos enseña un lote de 4000 m2 muy cerca del suyo, con una gran pendiente pero rozando el cielo. Creemos haber encontrado el sitio idóneo para construir nuestra casa, un lugar muy cercano a Salento pero al mismo tiempo aislado y remoto por su altura. Las negociaciones con su propietario se alargan varias semanas – siempre por email ya que este reside en los EEUU – pero finalmente nos ponemos de acuerdo con el precio y fijamos la fecha para firmar la nueva escritura.

A partir de aquí nos metemos de lleno en el laberinto de la burocracia colombiana previa a la compra de un lote. En el Registro emitimos el Certificado de Tradición del predio, un documento indispensable ya que aquí fraudulentos vendedores suelen vender lotes que no les pertenecen o lotes que han sido hipotecados previamente.

También toca emitir certificados de valorización, de uso de suelo, pasisalbos, iniciar el lento proceso de las fosas sépticas imprescindible para obtener un permiso de obras, gestionar el certificado de aguas superficiales… Pero no me voy a extender con todo este papeleo, ya que podría escribir un libro entero acerca de las obligaciones y normas a seguir antes de comprar un terreno colombiano. Por suerte estamos muy bien asesorados, y paso a paso vamos avanzando. Tras varias semanas de insistentes visitas conseguimos también al fin abrir una cuenta bancaria, no sin antes darles detallada información incluso acerca del color de nuestra ropa interior.

Gina nos acompaña durante semanas a todas partes, sus frases en las mañanas se han ido transformando de “No quiero ver más lotes” a “Hoy me voy al notario”, con nosotros se pasa horas en el banco, en la gestoría, en la notaría, en la oficina del contador… No hay duda de que ha hecho un máster en paciencia.

Un día visitamos un recomendado colegio que se encuentra a 15 minutos de Salento, y mientras hablamos con la directora Gina desaparece y se cuela en una de las clases donde ya varios niños de su edad están jugando y pintando. No habrá manera de hacerla salir de allí, y algo emocionados continuamos nuestra ruta de gestiones sin ella. La pasaremos a buscar seis horas más tarde, y ni después de tantas horas quiere marcharse de la escuelita. Desde ese día pasa todas las mañanas entre niños, y ha encontrado amiguitos y un lugar donde divertirse. Otra clara señal de que después de tanto nomadismo ha llegado el momento de echar raíces, y de que aquí Gina se siente a gusto!

Salento sigue fascinándonos: a sus 2000 metros de altura se respira un aire cristalino y siempre limpio, nos rodean cadenas de montañas humeantes, en días lluviosos parece como si una espesa niebla las rodeara confiriéndoles una visión mágica y soñolienta. El pueblo entre semana – tal como anuncia su nombre, SaLENTO – es calmado y tranquilo, pero en los fines de semana se llena hasta los topes de colombianos que llegan de Armenia, Bogotá, Medellín… todos se concentran en la plaza del pueblo y en el Camino Real, una colorida calle repleta de tiendas de artesanía, bares, cafés, balcones y música. Como unas Ramblas en pequeño, la gente se pasea, escuchando a los grupos de músicos que tocan a lo largo de sus aceras, o en sus bares. El ambiente es espectacular, bullicioso y contrasta con esa lentitud que lo envuelve el resto de la semana.

Con Gina salimos a caballo al menos una vez por semana para conocer los alrededores, hay caminos preciosos, tanto para recorrerlos a caballo como en bicicleta de montaña, otra de las actividades más populares en esta zona.

Pero sigamos con el tema que nos mantiene aquí más ocupados: el terreno. Todo parece ya encaminado y al fin llega Mario – el vendedor colombiano residente en EEUU – para firmar la venta. ¡No llegaremos a firmar nunca! Mario no tiene los papeles en regla: el poder que le ha firmado su ex-esposa para poder vender el lote no es correcto. Y no podrá disponer de uno nuevo hasta dentro de varios meses.

Como dicen aquí en Colombia, “lo maluco también es bueno”, y es que tan sólo un día después de la nefasta noticia, conocemos al ex-alcalde Don Galvis que nos lleva a visitar sus extensas propiedades. Nos enseña un precioso lote justo por debajo de los Altos de Cocora, a 10 minutos andando de Salento y al lado de la carretera destapada. Cuesta un poquito más pero es tres veces más grande que el lote inicial, y tiene también unas vistas espectaculares. Nos quedamos prendados del verde de sus praderas, y no dudamos ni un minuto: ¡¡este terreno ha venido a encontrarnos a nosotros!! Tiene algo muy especial, y es ideal para montar un Eco-Resort, tan cercano al Camino Real.

Tenemos la suerte de que Don Galvis es un hombre de palabra, y en 10 días cerramos la compra y nos convertimos en los emocionados dueños de este pedacito de Colombia.

Ha sido largo el camino recorrido hasta aquí, pero ha valido la pena! Este rincón del mundo es muy especial, y nos imaginamos siendo felices en él.

Hoy hemos plantado los primeros árboles en el terreno, y junto a nuestros nuevos amigos Felipe, arquitecto que ha vivido muchos años en Barcelona, y Pitu, hemos brindado por nosotros y por la pachamama – la madre tierra.

Colombia

Se abre una nueva etapa vital ante nosotros: tras dos años y medio viviendo en el mar tenemos ganas de volver a pisar tierra firme. Y esa tierra escogida es Colombia. Desde hace años que oímos hablar de este país, durante tantos años cerrado a los extranjeros a causa de sus problemas internos, pero que desde hace ya más de una década goza de una relativa tranquilidad y se ha abierto al turismo, que habla maravillas de su naturaleza y sus amables gentes.

Mischief se queda en dique seco en un varadero de Cartagena de Indias, y tras una semana de orden y limpieza a fondo el barco queda preparado para pasar un par de meses de descanso en tierra. Nuestro amigo Alejo, que está trabajando en un aviario en la isla de Barú, construyendo los habitats para las distintas aves, es nuestro anfitrión y el primero que nos demuestra la infinita hospitalidad de los colombianos. Pasamos un espectacular día en su isla, admirando aves de todas las formas y colores.

Juntos cogemos el avión hacia la ciudad de Cali, también llamada la Sultana o Princesa del Sur, donde nos acoge la familia de Julie en su suntuosa casa. Cada mañana nos sirven un delicioso y frutal desayuno, seguido de una visita a la Fundación que alberga la finca, un gran jardín que acoge a animales maltratados o abandonados por sus propietarios. No se trata ni de gatos ni de perros, sino de jaguares, pumas, papagayos salvajes, tucanes, monos y serpientes. Jordi se queda fascinado con un enorme jaguar que se masturba cada vez que se acerca alguien a la jaula. Había pertenecido a un capo de un grupo mafioso colombiano, y el felino aun no ha superado sus traumas.

El domingo – Gert, hijo de un aviador alemán y actualmente el cónsul honorario alemán y marido de Julie – gran apasionado de la aviación y propietario de un puñado de avionetas nos regala una experiencia inolvidable: volamos sobre la cordillera occidental de más de 3000 metros de altura hasta el Océano Pacífico. Antes de aterrizar tenemos la suerte de divisar un grupo de ballenas jorobadas. Pasaremos el día en buena compañía en un pueblo del Pacífico. Gert es un gran e interesante conversador y nos seduce con las historias sobre este país de contrastes.

Pero pronto sentimos la necesidad de continuar nuestro viaje hacia el anhelado Eje Cafetero, la tierra de los Paisas. Es allí donde tenemos la intención de encontrar un trocito de tierra para ubicar nuestro nuevo hogar, y para empezar una nueva actividad profesional: montar una casa de huéspedes rural y abrir un restaurante. El eje cafetero se encuentra entre las cordilleras central y occidental en el centro del país, rodeado de montañas, a unos 1500 metros de altura las zonas más bajas y con picos que llegan hasta los 5000 metros. La temperatura en el eje oscila entre los 15 y 25 grados todo el año, un buen contraste después de pasar los últimos dos años en el trópico … cómo disfrutamos durmiendo tapaditos con un edredón!!

Aquí todo es de color verde, las montañas, los bosques.. y las enormes plantaciones de cafetales y otras variedades de frutas y verduras. Conocemos uno de los principales destinos turísticos del país: el Quindío. Allí visitamos el Valle del Cocora, una extensión entre montañas donde crece la famosa palma de cera, árbol emblemático del país y cuya altura supera los 50 metros. También nos fascinan los tradicionales pueblos paisas con sus casas multicolores, donde el tiempo parece haberse quedado estancado en el pasado.

Para Gina aquí se abre todo un nuevo mundo: hay caballos y vacas por doquier, y se ha empezado a aficionar a los paseos a caballo por los valles de esta zona. Eso si, también le encanta decir cada mañana cuando se despierta: No quiero ver más fincas! Mucha paciencia está mostrando la peque, ya que mientras intentamos conocer en profundidad el Quindío, vamos visitando fincas y lotes que van apareciendo debajo de cada piedra. La frase que oímos sin parar es: Yo tengo un lote en venta, no hay persona que no venda un terreno. Así pasamos día tras día, visitando lotes y entrando en casas, acompañados de agentes inmobiliarios u otros profesionales que se quieren sacar una pequeña comisión.

Es evidente que cuanto más a fondo conocemos esta zona más a gusto nos sentimos en sus valles y montañas, tal como va incrementando el cariño que siente un marino por su barco según las horas que le dedica a su cuidado y mantenimiento. Y a lo largo de estas semanas hemos ido acotando el área de búsqueda, ya convencidos del lugar donde queremos vivir estos próximos años, tanto por sus montañas y espectacular naturaleza, como porque se encuentra en una zona alto desarrollo turístico y con grandes perspectivas de revalorización de sus terrenos: los alrededores del pueblo de Salento. También nuestros métodos de búsqueda han cambiado, ahora recorremos las veredas escogidas y vamos hablando directamente con los campesinos y patriarcas paisas que nos vamos encontrando en el camino, son ellos los que nos han enseñado los terrenos más impresionantes. Ya cansados de plantar tanto café están encantados de deshacerse de sus tierras para mudarse a una vida más confortable.

Y a lo largo de esta travesía vamos conociendo a personas especiales, que nos acompañan y que nos han abierto sus casas y corazones. Está Juan, navegante colombiano, que nos alquila su cabaña rodeada de plantaciones de aguacates, Cristina y Alberto, catalanes con ya tres años de experiencia colombiana que son una valiosa fuente de información, Thomas y Nela, navegantes que en el 2004 coincidieron con Jordi en Nuku Hiva en las Islas Marquesas donde nació su primer hijo, y que después de dar la vuelta al mundo en su catamarán se están construyendo aquí una preciosa casa con impactantes vistas… ¿quizás se convertirán en nuestros futuros vecinos?

Son días cargados de ilusión, también de altibajos y decepciones, de emociones y esperanzas. Cada día se abre ante nosotros un nuevo abanico de posibilidades…..

Últimos días en Kuna Yala…

Siempre que volvemos a la piscina de Cayos Holandeses, nos vuelve a emocionar su espectacular y salvaje belleza. Y ahora que a Gina y a mí nos queda solamente una semana más en San Blas antes de volver a Barcelona, el ahora y el aquí se hacen todavía más intensos, como si el mirar fijamente este edén que nos rodea pudiese así quedarse grabado para siempre en nuestras almas.

 

La luna llena ilumina la quieta superficie del mar, a lo lejos se oyen las olas atlánticas batir contra los arrecifes, y allá en el fondo, Isla Tortuga, esa bella isla que lo tiene todo y no le falta de nada. Además ahora mismo la habita la familia de Clemencio; con ellos nos hemos pasado la tarde charlando, sobre los kunas, la vida en las islas, el precio de las langostas, lo bueno que es vivir sin demasiado dinero – como dice el patriarca, que no falte pero que no sobre – , la pesca por fuera de los arrecifes en esta época del año, las historias de kunas amigos, .. Mientras tanto Gina juega con Moises, su simpático hijo de tres años, del que ya se ha hecho inseparable amiga.

 

Durante el día, fondeados a tres metros del fondo, el agua en la piscina es tan transparente que vemos como las rayas moteadas nadan por debajo del barco, y Gina puede observar desde la cubierta, sin tener que aprender a bucear, el fondo del mar y como los peces ballesta nadan a pocos metros de distancia.

 

Este lugar invita a la reflexión, y pasan por mi mente desordenadas imágenes y vivencias de estos últimos meses en Kuna Yala, aquí una recopilación de anécdotas vividas esta última temporada:

 

*Fondeados en Green Island unos pescadores de Playón Chico a bordo de su ulu nos venden unos butus. Para que puedan limpiar los duros “peces pollo” Jordi les presta nuestro “machete”, un buenísimo cuchillo que hemos llevado a bordo desde el inicio de nuestras travesías caribeñas hace ocho años y al que le tenemos un cariño especial. Una vez finalizada la limpieza, nos entregan los filetes pero se quedan con el preciado cuchillo y desaparecen en el horizonte rumbo a su lejana isla. Nos damos cuenta demasiado tarde de la gran pérdida. Hasta aquí todo normal. Pero dos semanas más tarde, paseando por Narganá, un kuna se le acerca a Jordi y le dice “Este cuchillo es tuyo, nos lo llevamos sin querer hace unas semanas”. ¡Aquí la honestidad no tiene precio!

 

*Fondeados en Salardup, Lisa – una de las “master mola makers” de Kuna Yala y archiconocida por todo el lugar por la gran calidad de sus molas y por ser un travesti kuna muy carismático, nos viene a visitar, y mientras nos muestra sus multicolores tejidos desde su panga nos relata durante más de una hora historias kunas, leyendas de estas gentes tan orgullosas de sus tradiciones y cultura. Como si hubiésemos pasado una tarde en el teatro, esta excelente cuentista sabe captar toda nuestra atención.

 

*Ati – que vive con su mujer e hijos en el extremo norte de la isla de Banedup – recorre todos los barcos de la bahía para pedir ayuda. Para ampliar su casa necesita clavar seis grandes troncos de palmera en la arena y necesita brazos fuertes. Al final nos juntamos allá las tripus de solamente dos barcos, así que Jordi se va a buscar un grupo de mochileros que están de paso en su camino hacia Colombia. Entre todos conseguimos clavar las columnas de su nueva casa. No le ayuda ningún kuna, porque está enemistado con sus vecinos del lugar, algo muy común en estas islas.

 

*De nuevo fondeados en Green Island y mientras Gina está cenando en la proa, una enorme tortuga se acerca a nuestra cadena, lleva en el caparazón dos rémoras que la tienen agobiada, e intenta con ayuda de la cadena del ancla quitárselas de encima. Estamos un buen rato ayudándola a separar las rémoras de su cuerpo con un bichero, pero sin éxito. Nos sorprende y encanta que se haya acercado a nosotros para liberarse de sus usurpadores…

 

*Pasamos dos semanas conociendo la costa panameña, y en el camino de vuelta a Kuna Yala pescamos una enorme barracuda de 20 kilos. Nos cae antipático este enorme y dentudo pescado, así que decidimos regalarles el pez al restaurante de El Porvenir, a cambio nos invitan a una suculenta comida. Coincidimos con un nefasto evento: el “African Queen” ha chocado contra un arrecife hace un par de días, y el catamarán tiene un flotador completamente destrozado, es espeluznante ver los corales sobresalir de entre los muebles de la cocina. Durante tres arduos días intentan reflotar el catamarán y arrastrarlo fuera del arrecife, pero solo consiguen agrandar el agujero que ahora se abre a lo largo de todo el casco. No consiguen salvar el barco, y pasará así a formar parte de la flota de pecios abandonados que ya son parte integral del skyline de estos cayos.

 

*A bordo del Mischief solemos lavar los platos en cubos desde la jupette de popa, ya que no dispone el barco de un grifo interior de agua salada. Lo que podría parecer una incomodidad, ha resultado ser un bonito hábito, no hay nada mejor que lavar los platos a un palmo del agua y con bellas vistas al mar. No recuerdo ya en qué fondeadero fué, pero allí sentada, con esponja en mano y sin previo aviso salta una enorme manta raya fuera del agua a unos cinco de la popa del barco. Del susto se me caen tres platos al agua, pero la imagen del descomunal animal saltando quedará eternizada en mi mente. Regalos de la naturaleza.

 

Hay más pinceladas, más anécdotas, más colores, más sabores.. pero el resto queda bien guardado en el baúl de los recuerdos, recuerdos imborrables ya que Kuna Yala nos ha calado muy hondo.

 

P.S. Por cierto, para quien quiera venir en grupo a conocer este adictivo país kuna, Jordi estará solo haciendo charters durante los meses de julio y agosto, tiene dos camarotes a vuestra disposición y os llevará a conocer las mejores islas de este archipiélago. 😉

El viaje de Gina

Desde que zarpamos de Barcelona hace justo ahora dos años, tenemos siempre la sensación de estar viviendo un viaje dentro de otro viaje. Son viajes a niveles distintos: por un lado están las velas, el mar, el viento, los nuevos continentes con sus habitantes, el encuentro con otros navegantes que disfrutan de esta vida nómada igual que nosotros.

El otro viaje, igual o más importante, es el viaje de Gina. Ella se embarcó a bordo del Mischief con cuatro meses de edad, inconsciente del viaje que iniciaba. Y ahora – dos años después – su grado de conciencia es total, su desarrollo de bebé a niña ha sido impactante, fascinante, de alguna manera mucho más impresionante y absorbente que todos los países juntos que hayamos conocido y visitado estos últimos años. O mejor dicho, la combinación de ambas vivencias ha sido hasta ahora perfecta.

Durante el primer año su adaptación al barco fue absoluto, durante las noches dormía plácidamente aun cuando el mar estaba embravecido y soplaban 35 nudos de viento. Eso si, nunca se separaba de nosotros, el uno o el otro la llevábamos siempre a cuestas, como una prolongación de nuestro cuerpo. Era así como ella se sentía feliz y protegida. Luego llegó la fase del movimiento descontrolado, de sus primeros pasos en Cabo Verde, antes de venirnos a este lado del Atlántico. Esa época fue quizás la más intensa, por no poder desconectar de ella ni un momento, siempre acompañándola allá donde iba o corriendo detrás de ella. Las cervezas en los bares de los muelles nos las tomábamos separados, siempre haciendo guardias alternativamente.

Pero desde que estamos en Kuna Yala, su desarrollo ha sido tan espectacular que a veces no alcanzamos a entender como puede haber cambiado tanto en tan poco tiempo. Quizás el cambio más visible es que desde hace ya algunos meses nos podemos comunicar con ella perfectamente, ¡ya domina el arte de las palabras! Aquí ha aprendido a hablar perfectamente el catalán con su papá y el alemán con su mamá, además de entender el castellano y el inglés, que hablamos a menudo con los cruceristas con los que nos vamos cruzando. Está aprendiendo a nadar sin flotadores, se tira ella sola de la jupette del barco al agua, se entretiene ella sola cocinando comidas y paseando a sus muñecos de un lado al otro del barco, se sigue riendo cada mañana cuando se despierta, sabe diferenciar un pelícano de una gaviota, un cormorán de una fragata. Se emociona más que nadie cuando hemos pescado algo, recupera el cabo del enrollador cuando Jordi lo enrolla, intenta persistentemente arrancar el motor del dingui, abre y cierra los grilletes de las drizas, se pone de pie en la proa del dinghi agarrada al cabo gritando “Más rápido, más rápido!”, colabora con las tareas del barco que le permite su estatura y fuerza, y sabe el nombre de las islas que visitamos, y cuando no se acuerda pregunta “Cómo se llamaba esta?”.

Es plenamente consciente de la vida que le ha tocado vivir, y hasta ahora parece que la disfruta mucho, lo que hace nuestra convivencia a bordo mucho más divertida e interesante.

Y últimamente, en este viaje apasionante, estamos apreciando en ella un gran proceso de maduración. He amamantado a Gina hasta ahora, naturalmente por los enormes beneficios que la lactancia materna implica para un bebé, pero además por la fácil y práctico que es criar a un hijo sin biberones ni sonajeros, la teta lo suple todo y calma – o duerme – al niño al instante. Además de relajar a la mamá y transmitirle un sinfín de sensaciones de felicidad.

Pero siempre llega el momento en el que toca hacer un paso hacia adelante, de madurar, de crecer. Creo que solamente es buena madre la que no retiene a sus hijos, la que los deja volar, la que les da un empujón para ir hacia adelante. Hacía ya más de una semana que no mamaba después de comer. Le encanta decir que ya se va a dormir como las niñas grandes, sin la teta, pero con todas sus muñecas y peluches a cuestas. En realidad ha dejado de hacer siestas, desde que no toma la teta después de comer ya no se duerme. Así que cae rendida cada noche a las 19h – hasta ahora siempre mamando – lo que nos permite a los papás disfrutar de una merecida cena a dos.

Hoy ha sido un día muy especial. Por primera vez se ha tirado de la popa del barco al agua, lo que hasta ahora le daba miedo. Primero lo ha hecho sentada, después de pie. También ha hecho por primera vez caca en el mar, esa es la manera en la que “evacuamos” a menudo estando a bordo. Se sentía segura de si misma y ya muy “mayor”. Y llegada la noche, me ha dicho que ella ya es grande, y que tampoco antes de irse a dormir necesita mamar. Nos hemos estirado, hemos cantado unas canciones, hemos hablado de lo que hemos hecho hoy, y luego se ha dormido. Ha sido muy emocionante, porque ella por si misma está finalizando esta fase de lactancia que tanto hemos disfrutando y compartido, para pasar a una nueva etapa de su vida. Lo dicho, el viaje de Gina es un viaje de sorpresas y de alegrías, acompañado de un viaje náutico repleto de playas blancas y palmeras.

El Tigre

Al pensar en Kuna Yala – la “tierra kuna”– habrá mucha gente imaginando las islas paradisíacas repletas de cocoteros, rodeadas de maravillosos arrecifes, blancas y solitarias playas, y los ulus kunas navegando entre ellas. Pero hay mucho más que ello en este país. Más cercanas a la costa están las islas donde viven las comunidades, pueblos de más de 500 personas por isla (en las más grandes llegan a vivir hasta 2000), donde todo son chozas colindantes separadas por pequeños caminos, con suerte con alguna calle arenosa central algo más ancha. Es allí donde viven la mayoría de los indios, en islas como Cartí, Nargana, Río Azucar, Isla Máquina o San Ignacio de Tupile, para nombrar solo algunas. Es allí donde los niños van al colegio, donde los sailas se reúnen para deliberar, donde se desarrollan las ceremonias y los festejos. El consejo de cada comunidad gestiona todo un complejo sistema organizativo en el que de forma rotativa se van asignando distintas familias para cuidar cada una de las islas más alejadas, y para recoger sus cocos durante periodos de tres meses.

Pero además de todas estas islas Kuna Yala está también formada por una enorme franja de selva tropical que va desde la frontera con Colombia hasta la provincia de Colón, con una superficie de más de 2300 km2.

Es quizás la zona menos visitada, ya que se trata de selva virgen de difícil acceso por la abundancia de maleza y vegetación. Pero resulta ser de máxima importancia para los kunas, ya que en esta época del año los hombres se adentran en la zona costera para quemar selva y plantar yuca, plátano, caña de azucar, aguacate, mango.. y otros productos esenciales para su consumo. Cada familia posee una zona de plantación, que ellos llaman “finca”, y es allí donde van a buscar las vitaminas necesarias para alimentar a sus mujeres e hijos.

Los kunas prefieren vivir en las islas, ya que están exentas de bichos y animales salvajes. Pero en algunas comunidades, como en la de Playón Chico, se está empezando a hablar de trasladar el pueblo a tierra firme, debido a que con la subida del nivel del mar han ido desapareciendo varias de estas islas coralinas, y es imposible evitar que el mar se vaya comiendo poco a poco sus playas y vaya inundando sus casas.

En Green Island conocemos a Máximo, que nos invita a visitarlo en Río Azúcar y se ofrece a hacernos de guía tierra adentro hasta una cascada que se encuentra a unas dos horas andando por la jungla. Este pequeño y amable hombrecito tiene un pasado accidentado, ya que hace algo más de 20 años y mientras buceaba para pescar unas langostas, fue atacado por una enorme barracuda que le arrancó media rodilla. Desde entonces anda cojeando, pero es atlético y fuerte como una roca. Junto con la tripu del Tuvalú, y un kuna que nos ayuda a cargar con Gina metida en una mochila, vamos siguiendo a nuestro guía, que va cargado con un machete para abrirse camino y una escopeta para ahuyentar a posibles depredadores, o más bien para cazar al por ellos llamado “tigre”, para nosotros conocido como jaguar. El día anterior en su casa nos enseña la piel del último que cazó, una presa ansiada por todo indio que se precie. Aquí vale decir que los kunas se comen todo lo que se mueve, desde tortugas, pasando por cocodrilos, iguanas y todo tipo de peces. Así es su cultura, y no hay manera de hacerles entender que la tortuga está en peligro de extinción en estas aguas, y que de jaguares deben quedar menos de una docena en todo Panamá. Un par de veces les hemos comprado una tortuga que nos han venido a vender al barco para liberarla más tarde.. lo que no ayuda mucho porque enseguida vuelve a ser cazada.

Durante nuestra expedición por la jungla, estamos algo precavidos y pendientes de la aparición del gran jaguar. No aparece, pero el chapuzón en la cascada es suficiente recompensa, y nos contentamos con observar a las pequeñas ranitas coloradas que moran en el río.

Como las ranitas nos gusta morar en esta “tierra kuna”, que vamos conociendo poco a poco más a fondo…

La pipa de la paz

De nuevo fondeados en Green Island, esta vez al lado del Tuvalú del Garraf con Imma y Hans a bordo. Ya hemos compartido una excursión al río Azúcar caminando durante dos horas entre la jungla hasta una cascada, y las comidas en uno o en el otro barco ya son cotidianas. En la playa está Uagi, siempre ansioso por jugar con Gina. Para ella toda una inspiración, ya que de tanto verlo nadar y bucear también está empezando a hacerlo.

Es época de lluvias, sin clientes, sin charters, sin trabajo… el momento idóneo para lanzarnos a la ruta del descubrimiento y dirigirnos hacia el este, para conocer el Kuna Yala menos transitado, para visitar las islas más apartadas y las comunidades kuna más auténticas.

Junto al Tuvalú levamos ancla y navegamos hacia isla Río Tigre. Allí nos recibe la familia de Emanuel, que celebró con nosotros el cumpleaños de Gina en Coco Bandero, y que nos guía por el pueblo. Visitamos la escuela, donde los niños están ensayando unas danzas tradicionales, y los establos de cerdos que nutrirán a la comunidad. En esta isla hubo hace 15 años un aeropuerto, hasta que un día un avión atropelló a una niña que cruzaba la pista en el momento de aterrizar. Y tal como sucede en Kuna Yala – también a causa de un accidente de submarinismo en el cual murieron varios kunas prohibieron la inmersión en sus aguas – en lugar de incrementar la seguridad se decidió cerrar el aeropuerto.

El viaje continúa, y después de una agotadora noche fondeados junto a la por nosotros llamada “Isla Rock&Roll” – así danzan de un lado al otro nuestros respectivos barcos – entramos en la enorme y espectacular bahía de Playón Chico, plagada de islas y rodeada de montañas y frondosa selva tropical. El paisaje nos recuerda a Brasil. Por doquier navegan ulus de pescadores, muchos de ellos con niños pequeños a bordo. Al acercarse a nuestro barco nos percatamos de que hablan muy poco español, y que son kunas mucho más tradicionales que los kunas que nosotros conocemos. Les compramos aguacates y riquísimos mangos. Un pescador nos ofrece emocionado un enorme pargo rojo que ha conseguido pescar a más de 20 brazas de profundidad. Invoca y da gracias a Dios por haberle iluminado. Y nos habla por primera vez de la Pipa de la Paz.

Desde hace algún tiempo parece que la mala suerte está acechando la comunidad de Playón Chico. Se han quemado más de 40 casas en un incendio, últimamente han muerto varias personas de la isla, y lo peor, parece ser que varias decenas de niñas actúan como si estuviesen poseídas por el diablo. Así que sin previo aviso el Saila ha convocado una semana de purificación, en la que cada día de 5h de la tarde hasta las 5h de la madrugada todos los hombres del pueblo se reúnen en el congreso para fumar la pipa de la paz, medida drástica que no se implantaba desde el año 52. El objetivo es generar el suficiente humo para que el chamán pueda visualizar a los espíritus malignos y de esta manera ahuyentarlos, impulsándolos al centro de la tierra para que desaparezcan. Durante esta semana los hombres y las mujeres no podrán

Nosotros llegamos a la bahía justo el último día de la fumada en pipa general, todo está cerrado, incluido el aeropuerto y el pequeño hotel Yangun Lodge ubicado en una de las islas cercanas. No nos es permitido acercarnos al pueblo hasta después del día de descanso implantado. Nosotros decidimos hacer nuestro propio día de descanso personal comiendo a bordo del Tuvalú una deliciosa paella preparada por Jordi. Fantástica velada, que acaba con la visita de Tomas, indio kuna que ha vivido 10 años en Panama City y que habla perfectamente el castellano, y Arkin – kuna pescador al que nos cuesta un poco más entender – pero que nos trae unas pequeñas estatuillas sagradas talladas en madera, los “nuchus”, que actúan como unión entre el mundo físico y el mundo espiritual de los kunas. Pasaremos el resto de la tarde aprendiendo todo sobre las tradiciones y creencias kunas, ya que Tomas es un excelente orador y transmisor de su cultura.

Nos habla de la importancia de la hamaca en Kuna Yala, que además de utilizarse para dormir, es pieza clave en todas las ceremonias importantes. En el día de la boda la unión entre hombre y mujer se celebra simbólicamente encima de la hamaca, delante de todo el pueblo y con seis hombres columpiando a la pareja. En los funerales se coloca al difunto encima de una hamaca y durante más de veinticuatro horas el chamán – “Nele” – cantará canciones en una lengua secreta estirado debajo del cuerpo inerte, para así facilitarle el camino al más allá. En un agujero de tres metros de profundidad se clavarán dos postes que han de sustentar la hamaca donde descansará el muerto eternamente, junto a los cachivaches personales que ha utilizado a lo largo de su vida.

Al día siguiente nos es permitido poner pie en Playón Chico, y no hay vestigios de malos espíritus ni de niñas enloquecidas. Solamente caras sonrientes y niños jugando en las plazas. ¿será gracias a la pipa de la paz?